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 La decisión de no comer trigo podría enmascarar otros problemas digestivos.

 

Image courtesy of Mister GC/ FreeDigitalPhotos.net

 

 26/10/2015


Cada vez es mayor el número de personas que abandonan el consumo de trigo por reportar malestar digestivo que creen asociar al gluten pero sin haber sido diagnosticados como celiacos por un profesional médico. Sin embargo, existen otras patologías con una sintomatología muy similar que podrían permanecer sin tratar.


 

Como es sabido, las personas diagnosticadas con la enfermedad autoinmune de la celiaquía deben obligatoriamente prescindir de consumir trigo y otros cereales debido a la presencia de una proteína denominada gluten. Sin embargo, cada vez es más habitual escuchar a personas que no son celiacas que deciden eliminar los productos con gluten de su alimentación, en muchos casos porque padecían de problemas intestinales y creen que así podrían solventarlos y, en otros casos, por una simple cuestión de moda, pues cada vez son más los actores o modelos famosos que afirman haber adquirido este hábito como parte de sus dietas y rutinas para tener un cuerpo atractivo.

Un estudio australiano sobre los hábitos alimenticios de más de 1.000 personas ha demostrado que 1 de cada 10 adultos han reduciendo el trigo de sus dietas sin seguir un consejo médico y, en general, es mayor la prevalencia en las mujeres respecto de los varones. De las personas que deciden no tomar gluten, aproximadamente la mitad afirma que lo han hecho por culpa de desagradables efectos secundarios después de las comidas, tales como hinchazón, gases, molestias estomacales, calambres, debilidad o sensación de cansancio.

Según los autores del estudio, controlar el consumo de trigo para controlar estos síntomas sin un diagnóstico clínico de celiaquía, podría estar enmascarando otras alergias o intolerancias que pueden implicar serios riesgos para la salud así como los derivados de la reducción del consumo de fibra o de la reducción del aporte de determinadas vitaminas, minerales o aminoácidos que también componen el trigo, si este era parte fundamental de la dieta y no es sustituido por otros alimentos de similares características.

Una de las enfermedades que más comúnmente se pueden confundir con la celiaquía por la similitud de sus síntomas es el síndrome del intestino irritable. Existen otros nutrientes que pueden generar este malestar y que también forman parte de alimentos a base de trigo como el pan; es el caso de azúcares simples como los fructanos o la lactosa. A estos azúcares se les conoce como FODMAPs, de sus siglas en inglés significa polioles, monosacáridos, disacáridos y oligosacáridos fermentables (Fermentable Oligosaccharides Disasaccharides Monosaccharides Polyols). Cabe destacar que en el estudio australiano, más del 50% de los que reportaron haber abandonado el gluten, también evitaban el consumo de lácteos por su contenido en lactosa.

Dado que los síntomas padecidos son muy inespecíficos, muchas personas no deciden ir al médico al no considerarlo como algo grave y, por el contrario, tienden a recurrir a informaciones en la red que muchas veces son contradictorias y, en muchos casos, provienen de webs sin validez médica o científica. De hecho, en el estudio comentado, el porcentaje de personas que dejaron el gluten sin acudir al médico era mayor entre aquellos que prefieren la medicina natural antes que los medicamentos convencionales.

En cualquier caso, conviene concienciar a las personas que padecen estos síntomas de forma habitual de que deben acudir a un médico especialista para que, a través de distintas pruebas, pueda determinar cuál es la causa concreta y promover así unas pautas dietéticas adecuadas sin riesgos nutricionales. Es recomendable que las personas que padecen estos problemas intestinales acudan alguna vez a nutricionistas especializados que puedan enseñarles a comer adecuadamente sabiendo cómo sustituir esa falta de nutrientes de forma saludable.

 

Referencia: Golley et al. Motivations for avoiding wheat consumption in Australia: results from a population survey. Public Health Nutrition, 2015; 18 (3): 490-499.

 

Noticia redactada por Noemí López Ejeda (Grupo de Investigación Epinut-UCM y Asociada SEDCA) @LopezEjedaN en Twitter

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