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 La genética importa pero nuestros hábitos más

 
 

 10/04/2017


Esto últimos años hemos oído cada vez más acerca de la importancia de nuestra genética y cómo influye en la predisposición a determinadas enfermedades, hasta el punto de creer que es uno de los factores primordiales para que desarrollen ciertas patologías. Nuestra genética cierto es que es un factor de riesgo importante que puede influir en que padezcamos o no una enfermedad pero tenemos que interiorizar que no es lo único que importa, y en muchos casos ni siquiera es el factor principal.


En definitiva, no podemos culpar a la genética de lo que nos pase por nuestra forma de vida o los factores ambientales como: la alimentación, la actividad física que realicemos, la contaminación, si consumimos alcohol o tabaco, si dormimos lo suficiente… Y existen estudios sorprendentes que avalan esta afirmación de manera clara.

Un estudio dirigido por los investigadores de la Universidad de Nuevo México de Albuquerque (Estados Unidos) analizaron el estilo de vida de un pueblo indígena de la Amazonia llamados chimanes o ``tsinames´´. Para llevar a cabo la investigación, visitaron 85 poblados chimanes entre 40 y 95 años de edad durante el año 2014 y 2015, y finalmente expusieron el estudio en la revista `The Lancet´. Para analizar su estilo de vida investigaron diversos factores: la presión arterial, el nivel de colesterol, el grado de endurecimiento de las arterias coronarias o grado de ateroesclerosis coronaria, la glucemia, el nivel de inflamación, la frecuencia cardíaca y el peso corporal respecto a la edad y talla de los participantes.


Los resultados han sido contundentes con respecto a que el estilo de vida occidental aumenta enormemente el riesgo de desarrollar patologías crónicas tales como la diabetes, hipertensión arterial e hipercolesterolemia, independientemente de la genética que tengamos cada uno.


                                                 

La forma de vida de esta población era mucho más activa, no pasaban tiempo frente a la televisión, se desplazaban andando o en bicicleta, fumaban en un porcentaje menor y consumían una dieta mucho menos rica en grasa saturada y azúcares, rica en alimentos altos en fibra naturales, pesca y caza que ellos mismos se encargaban de adquirir. Estos hábitos bien arraigados entre toda la población de chimanes se tradujo en un envejecimiento mucho más lento y un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares hasta el punto de que su incidencia de ateroesclerosis es 5 veces menor que en Estados Unidos.

Cerca de un 85% de los participantes no tenían apenas riesgo cardiovascular, un 13% un riesgo moderado bajo y un solamente un 3% un riesgo alto en la población general. En el caso de los participantes de edad más avanzada, a partir de 74 años, aumentaba el riesgo cardiovascular pero seguía siendo notablemente más bajo que en Europa y Estados Unidos: solo un 8% pasaba a tener un riesgo alto y un 27% un riesgo moderado frente al 65% que seguía sin tener riesgo cardiovascular. Si comparamos estos resultados con Estados Unidos, un 50% de la población tiene un riesgo moderado-alto de padecer enfermedades cardiovasculares y solo un 14% no padece riesgo. La incidencia de infartos es prácticamente inexistente en esta área.

Pese a estos resultados, no todos fueron tan buenos. En el caso de los factores proinflamatorios, un 51% de la población de chimaníes tenía elevados los niveles de inflamación, pero no se asociaba con un aumento de riesgo de padecer enfermedades, es más probablemente se asocie a la alta tasa de enfermedades infecciosas de la zona.

                                

Debido a los grandes resultados, es de interés saber qué proporción de macronutrientes tienen de media en su dieta diaria. Pues bien, un 74% es en forma de hidratos de carbono complejos siempre sin procesar, frutas y frutos secos. Un 14% es representado por las proteínas y el 14% restante por las grasas, constituyendo una dieta más baja en proteína y grasa especialmente que la nuestra y más alta en hidratos de carbono. Aún así, existe el peligro de que estas proporciones varíen debido a la rápida industrialización de la zona a la que cada vez llegan más productos ricos en azúcares y grasas que pueden desembocar en cambios en su alimentación y por consiguiente, en su bajo riesgo de padecer enfermedades crónicas.

Es fácil concluir en base a este estudio, cuál sería la solución más adecuada: modificar nuestros hábitos de vida orientado a llevar a cabo un día a día más activo en el que el ejercicio físico esté presente, acompañado de una alimentación más saludable y equilibrada y lejos de hábitos tóxicos como beber en exceso o fumar. Nuestra genética claro está, puede influir en que un no fumador padezca por ejemplo, cáncer de pulmón y un fumador de toda la vida no llegue a desarrollarlo, pero eso no es suficiente para dejar nuestro futuro a los genes ya que mediante una vida sana podemos prevenir e incluso evitar la aparición de gran variedad de enfermedades, varias de ellas en su caso, mortales.

 

Artículo redactado por Andrea Calderón García

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