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 La bebidas edulcoradas y su evidencia en la salud

 
 

 25/03/2019

La concienciación de la población en cuanto a los perjuicios de consumir un exceso de azúcar libre o añadido en la dieta es cada vez mayor. Ello puede llevar a reducir el consumo de productos ultraprocesados altos en azúcares como bollería, galletas, refrescos... o a sustituirlos por el mismo producto en su versión 0% azúcares, cero, o light.

En este caso nos centraremos en el consumo de los refrescos sin azúcar añadido, es decir, edulcorados o más comúnmente conocidos como refrescos ``light o cero´´. Lo primero aclarar que si un refresco especifica que no lleva azúcar añadido, sencillamente significa que no la lleva. Esta puntualización es importante porque gran parte de la población cree que puede ser un engaño y llevar azúcar oculto. No es así, en ese sentido podemos estar tranquilos.

 

¿Qué está sucediendo con el consumo de bebidas edulcoradas?

Está aumentando a costa de reducirse el de bebidas azucaradas. Lo cual no significa que no se consuman en exceso, muy en exceso, ambos grupos de bebidas refrescantes en España.

Estos datos quedan reflejados en el último informe de consumo alimentario de 2017 del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación:

·         En 2017 se consumieron 2.109,59 millones de litros de bebidas refrescantes en España, incluyendo azucaradas y edulcoradas.

·         Esta cifra se traduce en 49,43 litros por persona y año. Prácticamente 1 litro a la semana de refrescos.

·         Tanto el consumo de bebidas azucaradas como edulcoradas ha disminuido un 4,9% respecto al año anterior. Este es un dato positivo, aunque desde los años 70 apenas ha parado de crecer el consumo de refrescos en nuestro país.

Los refrescos siguen siendo la principal fuente de azúcares añadidos en España, siendo este el cuarto país del mundo en el que se consumen más refrescos. El consumo medio de bebidas azucaradas se ha reducido mucho más que el consumo de bebidas light cuya disminución ha sido prácticamente insignificante tanto dentro como fuera de casa.

 

Mientras tanto, los estudios que consolidan el consumo de refrescos tanto azucarados como edulcorados como factores de riesgo de patologías crónicas no paran de crecer. Ya es bien conocido como el consumo habitual de los refrescos azucarados, por su alto contenido en azúcares, se asocian con un mayor riesgo de: obesidad, grasa corporal a nivel abdominal, patología cardiovascular, cánceres, envejecimiento prematuro...

En los refrescos edulcorados todavía queda mayor camino por recorrer para corroborar sus perjuicios para la salud, aunque no faltan referencias bibliográficas que nos invitan a reducir su consumo.

 

Antes de nada, es importante aclarar una cuestión:

 

¿Qué pasa con el consumo de refrescos edulcorados habitualmente?

Lo primero es que los edulcorantes sirven para endulzar un producto y que nos resulte más palatable. Como es de suponer, esto nos conllevará a aumentar el umbral de dulzor de nuestro paladar, por lo que si consumimos este producto sin azúcar o edulcorante, ya no va a gustarnos. De igual forma, nos hará apreciar peor el dulzor natural de alimentos como sería el de la fruta. ¿Y si nos gusta menos la fruta o apreciamos peor su dulzor por el alto consumo de azúcares y edulcorantes de la dieta?

¿Cuántos seríamos capaces de tomar un yogur natural sin azúcar después de toda una vida tomando yogur con azúcar o edulcorante? Pues igual sucede si consumimos refrescos con un sabor tan extremadamente dulce, que el paladar se acostumbra.

Y, además, como es fácil concluir, si un producto es hiperpalatable, nos apetecerá consumir una mayor cantidad de ese producto y también consumirlo más veces. No necesariamente tiene que ser adictivo, pero sí querremos recurrir más a él. Algunos estudios han llegado a asomar ideas sobre cómo los refrescos edulcorados pueden aumentar el apetito o reducir algunas hormonas relacionadas con la saciedad, aunque los resultados en este caso no son todavía concluyentes.

 

¿Y su relación con las patologías crónicas?

Por otro lado, tenemos los estudios que asocian el consumo excesivo de edulcorantes a mayor riesgo de algunas patologías. Estos estudios es importante interpretarlos correctamente y no sacar conclusiones que el tipo de investigación no permite hacer. Que un estudio relacione el consumo elevado de bebidas edulcoradas con alguna patología, no significa que los edulcorantes ``causen X patología´´ como comúnmente se cree. Los edulcorantes no dan cáncer, no dan diabetes... Y su relación con las patologías crónicas no es tan directa ni muchísimo menos. Las redes sociales en este sentido no han contribuido mucho a eliminar estos falsos mitos, y por el contrario han alentado a la población a creer que los edulcorantes son literalmente un veneno. Seguro que recordáis la asociación entre el aspartamo y el cáncer que se viralizó por las redes. Pues no hay ningún estudio que concluya eso de forma directa y no podemos afirmarlo. De hecho, el aspartamo es injustamente el aditivo más temido.

Una vez aclarado esto, conocemos multitud de estudios que asocian las bebidas edulcoradas al aumento de riesgo de enfermedades como las cardiovasculares, patologías neurodegenerativas, mayor probabilidad de padecer síndrome metabólico e incluso de Diabetes tipo II. Probablemente se deba en gran medida a que algunos edulcorantes son capaces de alterar nuestra microbiota intestinal, haciendo que esta contenga más bacterias perjudiciales que beneficiosas, y promoviendo algunos desequilibrios de nuestros sistemas corporales que podrían conducir a: desregulación de al glucosa en sangre y de los niveles de insulina, alteración de determinadas hormonas... Asimismo, existen otros estudios que no encuentran diferencias significativas entre aquellas personas que consumen habitualmente refrescos edulcorados y las que no.

 Todavía solo podemos determinar esta asociación como ``probable´´, pero suficiente para promover que reduzcamos su consumo lo máximo posible a una ingesta ``ocasional y esporádica´´, y no diaria ni semanal.

 

                                    

Un nuevo estudio ha vuelto a poner en el punto de mira a los edulcorantes:

Un nuevo estudio publicado en el mes de marzo de este mismo año que ha sido punto de mira de la prensa, concluía la probabilidad de que el consumo de 2 o más bebidas edulcoradas diarias se relacionaba con un mayor riesgo cardiovascular y de accidentes cerebrovasculares. Este estudio publicado en la revista Circulation por la American Heart Association (AHA), utilizó una muestra de 80.000 mujeres post-menopaúsicas de Estados Unidos. Analizó su consumo en bebidas edulcoradas concluyendo que solo 5,1% consumía 2 o más al día, pero que justamente eran aquellas cuyo riesgo cardiovascular era mayor: un 29% más de enfermedad cardíaca y un 23% de accidente cerebrovascular, que aquellas que solo las tomaban esporádicamente o no tomaban. Como todo, el estudio tiene limitaciones que no permite concluir directamente eso: es observacional y autorreferido ya que cada participante indicaba su propio consumo de bebidas edulcoradas.

 


En conclusión, los edulcorantes no son un veneno como es común escuchar, pero tampoco inocuos ni mucho menos saludables. Debemos reducir al máximo el consumo de productos tanto azucarados como edulcorados por el beneficio de nuestra salud. Y recordemos, que los edulcorantes o el azúcar nunca vienen solos, y suelen encontrarse en productos de baja calidad nutricional ya por sí mismos: harinas refinadas, grasas refinadas, sal, otros aditivos como potenciadores del sabor, colorantes... Por lo que la problemática no es intrínseca únicamente de estas sustancias sino del cómputo del producto.


 

 

 

 

Referencias bibliográficas principales:

·         Mattes RD, Popkin BM. Nonnutritive sweetener consumption in humans: effects on appetite and food intake and their putative mechanisms. Am J Clin Nutr. 2008;89(1):1–14. doi:10.3945/ajcn.2008.26792

·         Vyas A, Rubenstein L, Robinson J, et al. Diet drink consumption and the risk of cardiovascular events: a report from the Women's Health Initiative. J Gen Intern Med. 2014;30(4):462–468. doi:10.1007/s11606-014-3098-0

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