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 Si comemos algo muy sabroso, difícilmente pararemos a tiempo

 
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 23/04/2019

Cuando tenemos hambre o ganas de tomar algo y elegimos lo que queremos comer, la palatabilidad del alimento/producto tiene una gran influencia en nuestra decisión: que esté sabroso, que tenga una textura agradable (crujiente...), que huela bien... Pero, ¿te has parado a pensar si eso también influye en que no podamos parar de comerlo?


Los productos procesados más palatables hacen que sea más difícil medir el momento de parar de consumirlos, y es más probable que nos pasemos en cantidades que si tomamos un alimento como una fruta o unos frutos secos crudos.


 Cuando hablamos de productos muy palatables, nos referimos a aquellos muy dulces por su aporte en azúcar, o muy sabrosos por el aporte en grasas, también a veces ricos en aditivos edulcorantes o potenciadores del sabor, por la sal... Además, justamente suelen ser aquellos más altos en calorías. En definitiva, los productos más calóricos y altos en componentes que deberíamos reducir, son aquellos que más ganas nos dan de comer, y que encima más difícil nos hacen frenar en el momento adecuado.

Teniendo en cuenta que en la actualidad más de la mitad de las estanterías de los supermercados, bares, cafeterías, tiendas de alimentación, máquinas de vending... están llenas de productos procesados de este tipo, y que su consumo es tan excesivamente alto, podemos estar hablando de un grave problema de salud pública. La ingesta excesiva de productos procesados de baja calidad nutricional, comúnmente denominados o conocidos como ``ultraprocesados´´ se relaciona claramente con un aumento del riesgo de sobrepeso y obesidad, gran epidemia del siglo XXI, además de las patologías crónicas cuyas tasas se han incrementado notoriamente en la última década: colesterol y triglicéridos altos, hipertensión arterial, diabetes tipo II, patologías cardiovasculares...

 

 


Pero el problema no está únicamente en los perjuicios que tienen para nuestra salud, sino en lo difícil que es no encontrárselos en todas partes, tener irremediables ganas de consumirlos, y una vez que empezamos... tener muy difícil parar.


 

Un nuevo estudio de gran interés para la ciencia ha dado un paso más en esta área. El estudio ha sido desarrollado por la Escuela de Medicina de la Universidad de Carolina del norte y publicado en la revista Neuron el pasado miércoles.

En él se ha identificado una red de circuitos neuronales de comunicación que expresan nociceptina en la amígdala central, y que se activa cuando consumimos alimentos hiperpalatables e hipercalóricos, promoviendo un mayor consumo de los mismos y que tengamos ganas de seguir ingiriéndolos. Esta es la misma región del cerebro donde se generan y procesan las emociones, lo cual puede tener gran relación. De igual forma, se ha visto que la expresión de esta red de neuronas se inhibe cuando se reduce o no se produce la ingesta de este tipo de productos.

De momento la investigación se ha llevado a cabo en ratas en condiciones de laboratorio, pero se plantea la probabilidad de que mecanismos parecidos sucedan en humanos y sea uno de los factores por los que tendemos a consumir más cantidad cuando comemos algo hiperpalatable. El mecanismo sería algo similar a nuestros sistemas de placer y recompensa, haciéndonos sentir que merece la pena el producto que estamos consumiendo porque nos genera sensaciones positivas de placer, invitándonos a continuar consumiéndolo para seguir teniendo la misma sensación.

También se ha asociado las situaciones de estrés y de mayor ansiedad, a una mayor activación de esta área incitando en ocasiones a mayor consumo de productos calóricos muy palatables. En conclusión, parece que esta área del cerebro incitaría a un consumo mayor de alimentos y productos palatables sin necesidad de tener hambre fisiológico, sino por el que se conoce como ``hambre hedónico´´ o factores totalmente diferentes al hambre como las emociones.

Tras distintos experimentos de laboratorio, comprobaron cómo reducir a la mitad las neuronas encargadas de estos procesos, reducían el número de atracones en las ratas y prevenían que consumieran tanta cantidad de productos altos en calorías. De hecho, este método favorecía el mejor mantenimiento del peso de las ratas y no afectaba a su alimentación normal ni hacía que comieran menor cantidad de otros alimentos. Por esta razón, científicos de esta investigación consideran que este descubrimiento podría ser una diana fundamental en el desarrollo de métodos de prevención de la obesidad.

 

       

 

¿Qué es el hambre hedónico?

 El hambre hedónico se da cuando buscamos comer o tenemos ganas de comer algo no por apetito real, sino para satisfacer determinadas emociones, o únicamente disfrutar del sabor de un producto o alimento en concreto, habitualmente hiperpalatable e hipercalórico.  El hambre por disfrute o por placer expresamente.

No siempre es fácil de distinguir, de hecho, es uno de los problemas principales a la hora de perder peso o de procurar quitarnos productos insanos de la alimentación.  Cuando tenemos hambre hedónico sucede que queremos específicamente un producto determinado o un sabor específico: un helado que nos gusta, o algo azucarado ya sea galletas o una chocolatina, o algo salado y crujiente como fritos... Y si nos ofrecen a cambio otro tipo de producto más saludable como una fruta, unos frutos secos, verduras... no nos apetece y no los queremos porque no tenemos necesidad de saciarnos.

Como no estamos comiendo por verdadero hambre o necesidad, tampoco sentimos de la misma manera la sensación de saciedad cuando llevamos un rato comiendo o cuando hemos tomado una ración suficiente. Por esta razón, podemos seguir ingiriendo el producto hasta que se acabe o deje de estar en nuestro pensamiento.

 

¿Por qué tantas ganas de seguir comiendo el producto aún sin hambre?

Porque se activas reacciones químicas que nos producen sensaciones gratificantes y de placer. Nuestro cerebro asocia consumir determinados productos con sensación de bienestar que no quiere que termine, incitando a que comamos más. Y eso junto a que no sentimos la saciedad de la misma forma, evita que hagamos una alimentación consciente y prudente.

 


La solución parte de llevar una alimentación mucho más consciente, escuchando a nuestro cuerpo y nuestras emociones antes de proporcionarle el primer producto palatable que se nos pase por la cabeza o nos entre por los ojos. Muchas veces funcionamos por costumbre o por inercia que debemos de ir cambiando poco a poco, otras veces es necesario buscar alternativas para momentos de estrés o ansiedad en las que solemos coger estos productos...


Esto no significa privarnos siempre de un capricho o tenerlos prohibidos, significa que si vamos a elegir un producto insano, va a ser conscientemente porque forma parte de la minoría de nuestra alimentación y porque puntualmente nos apetece de verdad, no por calmar otras emociones o enmascarar otras situaciones de nuestra mente. Es un proceso en muchas ocasiones complejo y puede requerir de un psicólogo o psicóloga que nos ayude de forma conjunta con dietistas-nutricionistas que nos den la pauta dietética.

 

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA PRINCIPAL:

Hardaway et al., Central Amygdala Prepronociceptin-Expressing Neurons Mediate Palatable Food Consumption and Reward, Neuron (2019), https://doi.org/10.1016/j.neuron.2019.03.037

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